„Donde vivo ahora, convivimos cuatro distintas religiones pared con pared, en paz – Deseo que todo el mundo sea así”

 

El Colegio Alemán en la Ciudad de México recibe a la sobreviviente del holocausto, Inge Auerbacher

 

No había ningún ruido en el salón cuando Inge Auerbacher, sobreviviente del holocausto, contó su historia de vida en el Colegio Alemán en la Ciudad de México. La judía de ahora 80 años, nacida en Alemania, pasó tres años de su infancia en el campo de concentración de Theresienstadt, ubicado en aquel entonces en Checoslovaquia. Liberada en 1945 por el Ejército Rojo y emigrada a Estados Unidos en 1946, junto con sus padres, la señora ahora con nacionalidad estadounidense vive en Nueva York. Viaja constantemente por el mundo dando conferencias y discursos sobre sus experiencias durante la época del nacionalsocialismoy para hacer un llamado a la tolerancia.

 

Este año, su camino la llevó también a México en donde dio pláticas a los alumnos de Secundaria y Preparatoria del Campus Sur del Colegio Alemán Alexander von Humboldt, del 23 al 26 de noviembre de 2015. Durante sus discursos, una y otra vez enfatizó los siguientes mensajes: “Ustedes los jóvenes de hoy, es importante que conozcan esta oscura parte de la historia para que con su ejemplo ayuden a que nunca se repita.” Dijo además: “Vivamos en paz. No odien y no tengan prejuicios. Conozcan a las demás personas y otras culturas. Esto los convertirá en mejores seres humanos.”

 

Inge Auerbacher nació en 1934 en Kippenheim en el sur de Alemania. Es hija única de padres judíos ortodoxos modernos. Su familia vivía en Alemania desde hacía varias generaciones y se había integrado perfectamente a la sociedad mayormente católica. El padre de Inge Auerbacher regresó gravemente herido de la Primera Guerra Mundial y recibió el reconocimiento de la Cruz de Hierro. Tal vez sea por ello que la pequeña familia se salvó de la primera deportación de judíos en 1941.

 

A pesar del ambiente antisemita cada vez más pesado, la infancia de Inge Auerbacher fue buena – y corta. Marlene, la muñeca de Inge, un regalo de su abuela, es parte importante de esta época feliz y la acompañó durante los siguientes años de crueldad de su vida y estuvo con ella en el campo de concentración. Hoy día, la muñeca está expuesta en el Museo del Holocausto en Washington D.C., es una de las muy pocas pertenencias procedentes de la parte bonita de la infancia de Inge Auerbacher y, por lo mismo, para ella es de inmenso valor.

 

Pronto, el horror ocupó gran parte de su vida: En 1938, en la Noche de los Cristales Rotos, los nazis deportaron al padre y abuelo de Inge Auerbacher al campo de concentración de Dachau. Seis semanas después, los dos hombres regresaron a su casa e intentaron salir de Alemania con su familia y emigrar a otro país, pero ya no lo lograron. Entonces, la familia Auerbacher se mudó con otros familiares a un pueblo cerca de Göppingen; pronto estarían obligados a llevar la insignia de la estrella judía en el pecho, su casa les fue expropiada y tuvieron que ir a vivir a una “casa de judíos”. Finalmente, a la edad de siete años, Inge Auerbacher y sus padres fueron deportados al campo de concentración de Dachau y, de ahí, a Theresienstadt.

 

Dos terceras partes de los presos fueron llevados a Auschwitz en donde la mayoría perdió la vida. Tan sólo un por ciento de los niños de Theresienstadt sobrevivió: “Cada interno, ya sea grande o joven, estaba sentenciado a muerte”, contó Inge Auerbacher. “Nosotros, los niños, corrimos especial peligro, ya que no se nos podían usar para trabajo forzado”. Añadió: “Vivimos con ratas, ratones y pulgas, los pozos estaban contaminados y sólo dos veces al año nos daban permiso de bañarnos. Pasábamos hambre todo el tiempo. Además, siempre teníamos miedo de que nuestra familia fuera separada o que nos deportaran “al este”. No sabíamos qué les esperaba a las personas a las que llevaron a Auschwitz, pero presentíamos que las circunstancias ahí no podían ser mejores a las actuales.”

 

Parece un milagro que la pequeña familia Auerbacher sobreviviera. Al ser liberados, los Auerbacher primero regresaron a Alemania y, nueve meses después, en 1946, emigraron a Estados Unidos en donde la joven pasó los primeros dos años en el hospital, ya que se había enfermado de tuberculosis. A los 15 años y finalmente recuperada, volvió a ir a la escuela. “A los 15 años empecé a llevar una vida normal”, recordó Inge Auerbacher.

 

En 1966 regresó por primera vez a Alemania para visitar los lugares claves de su infancia. En los próximos años realizaría más viajes a este país y al campo de concentración de Theresienstadt en donde dio visitas guiadas, además empezó a dar conferencias y escribir libros, como por ejemplo “Ich bin ein Stern” (“Soy una estrella”) que se lee en las clases de alemán del Colegio.

 

“Usted es una persona con sentido de humor y llena de optimismo, agradecimiento y alegría. ¿De dónde toma esta fuerza, después de todo el terror que ha vivido?”, preguntó un asistente. Contestó: “Ser alegre y positivo es un regalo, porque no todo lo que nos ocurre en la vida es bueno. Yo tuve la gran suerte de que nunca me separaran de mis padres y que sobrevivimos literalmente juntos. Lo esencial en la vida es tener esperanza, ser valiente y nunca rendirse. Al final, todo mejora.¡Siempre!” Y añadió: „Mientras yo viva, siempre recordaré y hablaré de esta época. Hacer esto, es para mí una fiesta: ¡He sobrevivido!”

 

Inge Auerbacher transmitió otro mensaje importante a los jóvenes: “En Nueva York, donde hoy vivo, convivo con cuatro distintas religiones pared con pared, vivimos en paz. Deseo que todo el mundo sea así.”

 

Los alumnos del Colegio Alemán se mostraron profundamente impresionados de Inge Auerbacher, no sólo por su historia de vida sino, sobre todo, por ella como persona. En el marco de distintas actividades en equipo, los jóvenes le redactaron cartas y se las leyeron en voz alta; acto que le conmovió mucho a su “hermana grande”, como ella se autopresentó. Además, los alumnos elaboraron carteles, realizaron una entrevista y buscaron el diálogo personal con la sobreviviente.

 

„Señora Auerbacher, la admiramos“, dijo una alumna en la clausura del evento. “La admiramos, porque logró convertir sus experiencias tan terribles en algo tan positivo. Nos sentimos muy honrados por haberla tenido aquí con nosotros, y nos encantaría que nos volviera a visitar. A través de usted hemos aprendido qué es lo importante en la vida: Tratar bien a nuestros prójimos y ser tolerantes hacia lo desconocido. Sólo así, el mundo puede estar en paz.”

 

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