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Viernes 15 de febrero de 2008
Una vez más festejamos el Carnaval en nuestro Colegio: el tercero, y ya
es una tradición. Desde hace varias semanas algunos papás y maestros
iniciaron los preparativos para el gran evento.
Por fin, a las 12 del día las actividades escolares llegaron a su fin.
Por todos lados corrían los alumnos buscando algún objeto que completara
su disfraz. Otros se maquillaban o se acomodaban las distintas prendas
que le darían colorido al desfile.
Estos son algunos comentarios de los alumnos del
colegio:
…El movimiento de las máscaras confunde, la gente corre
atropelladamente, los disfraces esconden una personalidad que no es la
propia para revelar una que se lleva dentro todo el año y se logra
asomar en estos momentos: la magia supera a la realidad.
...Las personas no son personas, la vida no es blanco y
negro, ni gris, todos los colores y todos los olores se mezclan, sólo
entonces se puede decir que huele a azul o que ese color le va muy bien
a esa persona, que no es persona sino una mezcla entre un ave de
colorido plumaje y una serpiente con cascabeles en los pies...” (Lucía
Becerril, V° C)
“Apúrate, apúrate. Ya entramos. Y nos llaman.
-
Espérame, todavía me falta. No te pongas nerviosa,
todavía faltan tres grupos.
-
¿Qué? no estoy nerviosa, pero ya es hora. Ay! de
veras contigo siempre es lo mismo.
-
¿Eso qué? ¿de dónde sacas eso??? ¡Aguántame tantito!
Sólo falta encontrar mi máscara.
-
¿Tu máscara? ¿Cómo que la perdiste? No puede ser,
sin ella no puedes salir ¿eh?
-
¡Ya deja de darme órdenes y ayúdame a buscarla...
-
Aquí está, ya la encontré, póntela y vámonos.
-
ssh, no veo nada, como quieres que avance si esta
máscara no me deja ver. Maldita! ya no la aguanto.
-
Ay ya, disfruta. Piensa que esa máscara te permite
ser otra persona, puedes divertirte y cambiar. Nadie sabe quién eres
y puedes burlarte de los demás o hacer cosas que no te atreverías.
Que no te gane la pena...” (Daniela González, V°A)
“Allí estaba yo entre muchos disfraces, la mayoría de
animales o personas con algún defecto, había de cojos, tuertos, robots,
zoombies...Y yo, una vez más con mi traje anual de helado gigante que a
nadie le gusta, me senté como siempre en cada Carnaval, en un banco,
esperando que la tortura terminara.
Algo pasó, algo que no me esperaba, algo que nunca había
pasado antes. La profesora se sentó al lado mío para hablarme; yo, muy
inquieta, con dudas le pregunté: “¿Qué se le ofrece?”. Ella, con una
leve sonrisa en la cara me respondió con entusiasmo: “nada”- continuó-.
“Sólo quería saber un poco de ti, ¿cómo te va? ¿qué tal en casa? ¿todo
bien?
A este bombardeo de preguntas sólo pude responder
alzando los hombros, queriendo decir: “más o menos”.
De repente se puso de pie y con una voz muy amable me preguntó que por
qué no bailaba, no supe que responder y me hice la distraída. Pasados
unos instantes dijo enérgicamente: “Al centro de la pista”. Hice el
esfuerzo en acercarme un poco más al centro, donde todos bailaban sin
saber lo que pasaba a su alrededor.
Poco a poco empecé a moverme como lo hacían los demás, felices,
despreocupados. Intenté hacerlo y no sé qué pasó en ese momento: ¡Me
estaba divirtiendo! Igual que jugaba con mi papá cuando era pequeña, fue
una sensación indescriptible. Me di cuenta que había malgastado mi
tiempo, los últimos 3 años de odiar el Carnaval habían terminado...”
(Maite de la Cuesta, II°)
(Luis Arriola)
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